Como comentaba mi compañera Ingrid Sánchez en relación a las externalidades, una de las más usuales es la contaminación. Una fábrica contamina el aire, pero también contamina el coche de un particular o su calefacción y ni el uno ni el otro “pagan” lo que costará “limpiar” el aire. Una empresa contamina el río, pero también el contaminan las aguas residuales de nuestras lavadoras y duchas. Sin la intervención planificada del Estado no se puede hacer frente a estos costes sociales reales e incorporarlos al precio de los productos (Sotelo, 2001).No debemos perder de vista otras externalidades negativas, como por ejemplo el consumo de fuentes de energía no renovables, o de agua, que también provocan externalidades a las futuras generaciones. Hasta ahora, el sistema para incorporar los costes “externos” son los impuestos. Hoy en día, todos pagamos un canon de descontaminación y depuración del agua cuando pagamos el recibo del agua y un cañón cuando pagamos el recibo de la electricidad, por ejemplo.Por otro lado, también apuntaba Ingrid y Amaia Palencia la presencia de las externalidades positivas que son aquellas que se dan cuando la producción de un bien o servicio beneficia también a otras personas o empresas que no participan en la producción, distribución, venta o consumo de ese bien (Stiglitz, 2000).Un caso especial de externalidad positiva son los estudios universitarios y estudios superiores que tienen unos costes que cubre el interesado aunque posteriormente se van a aprovechar no sólo las empresas que contratan licenciados sino la sociedad en general que deberá soportar menos costes en muchas actividades como consecuencia del nivel cultural más elevado de sus universitarios. Entre las personas más cultas y formadas hay menos embarazos no deseados, menos criminalidad, menos absentismo laboral, menos enfermedades derivadas de tener poco cuidado de la salud y de la alimentación, etc.

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